“Dios sigue atendiendo en Buenos Aires”

DIARIO “UNO” de Mendoza
DOMINGO, health 14 de  Mayo de 2006

OPINION

DIOS SIGUE ATENDIENDO EN BUENOS AIRES

por Edgardo Civit Evans
Presidente Nacional de UNIDEVI

La vieja oposición entre unitarios y federales continúa vigente en nuestro país, view donde las decisiones las toma el poder central, lejos de los intereses provinciales

Argentina, en teoría, es un solo país.

En realidad son dos, diferentes, dentro de un mismo territorio. Conviven dos conceptos de Nación. Considero importante continuar un antiguo debate no concluido, objetivo de esta nota.

Todo es tan obvio, tan elemental, que cierta dirigencia nada hace por modificar determinados conceptos.

La discusión se inicia antes de la lucha de unitarios y federales, con Mariano Moreno y la Primera Junta. El asesinato de Manuel Dorrego, acérrimo federal, marca un antes y después.

Mendoza tuvo defensores del federalismo como Martín Zapata, quien en 1852 ya planteaba los graves problemas del creciente centralismo porteño.

Emilio Civit, Carlos W. Lencinas, y recientemente Edmundo Correas (fundador de la Universidad Nacional de Cuyo), entre muchos otros, han cuestionado al unitarismo.

En 1973 el doctor Correas afirmaba: “De la crisis del federalismo no es culpable, solamente, el poder centralizado y penetrante de la gran capital. Más culpables son gobernadores y legisladores que enajenan la autonomía de sus provincias, como Esaú vendió su progenitura”.

Cuestionando los incumplidos compromisos políticos de defender los intereses federales, concluyó: “Si al cabo de tantos años de infortunios y esperanzas fracasaran las promesas, entonces sí, con la desesperación en el alma y la mirada al cielo podríamos clamar la terrible imprecación del profeta Elías: ‘¡Señor! Exterminadnos porque somos incorregibles’”.

Transcurrieron 33 años y nada ha cambiado.

Existe un país, compuesto por la Ciudad Autónoma y el Gran Buenos Aires, donde están asentados los centros del poder político, económico, financiero, comercial, aduanero, impositivo, previsional, cultural, educativo, de salud, etcétera.

Dos datos demostrativos del centralismo y macrocefalismo:

En un área que representa el 2% del territorio nacional se encuentra el 74% de la masa monetaria, esto es del total del movimiento económico – financiero del país.

En el 3% del territorio nacional –Gran Buenos Aires, Rosario y Córdoba– está radicada el 62% de la población.

Buenos Aires tiene subterráneos, ferrocarriles y carreteras que la unen y atraviesan en todos los sentidos. De ellos carecen la mayoría de las provincias.

Casi la totalidad de la actividad cultural de trascendencia se lleva a cabo en tres avenidas de Buenos Aires.

La destitución de Aníbal Ibarra, jefe del Gobierno porteño fue noticia nacional durante meses.

La destitución del gobernador de Tierra del Fuego como la renuncia del gobernador de Santa Cruz, doctor Sergio Acevedo, se difundieron un día.

Hay organizaciones que en Buenos Aires prestan todos los servicios de salud en grandes clínicas, mientras en el resto del país no brindan casi ninguno. Algo similar ocurre con otras prestaciones o servicios.

El centralismo y la burocracia están desarrollados de tal forma que existen ministerios, secretarías y subsecretarías de Estado, direcciones, organismos públicos y entes reguladores desde donde se administra y controla el país.

El Ministerio de Educación y Cultura de la Nación cuenta con centenares de empleados, pero las escuelas primarias han sido transferidas a las provincias.

Los grandes parques se encuentran en Misiones, Neuquén, Chubut o Santa Cruz. La Dirección de Bosques está en Capital, donde no hay minería, ni petróleo, ni gas; pero están los organismos que los dirigen y controlan.

En el Gran Buenos Aires está concentrado casi el 60% del consumo de energía eléctrica. El restante 40% en las provincias, donde se genera.

La mortalidad infantil en algunas provincias es cuatro veces superior a la existente en Capital.

La política y las decisiones en materia financiera se toman en Buenos Aires, donde no sólo radica el Banco Central, sino las casas centrales de los bancos. Los gerentes y empleados de sucursales en las provincias piden autorización de todo a sus matrices. Los clientes de provincias han pasado a ser un número.

En Buenos Aires se quejan cuando disminuye el caudal de agua potable. Hay poblaciones en las provincias que carecen no sólo de agua, sino de cloacas, gas, caminos.

La lista del centralismo es interminable.

En materia política se han superado todos los límites. En algunos partidos, los candidatos provinciales, con internas o sin ellas, son elegidos en Buenos Aires para que sean consecuentes con el “príncipe de turno”.

Varios partidos son delegaciones del poder central y se limitan a ejecutar las órdenes “de arriba”.
Desaparece el concepto de federalismo y autodeterminación.

Lamentable.

En materia económica se adoptan decisiones que afectan a importantes sectores de diferentes zonas del país, sin que los gobernadores puedan, o quieran, defender los intereses de sus representados.

Nuestra Constitución, similar a la de Estados Unidos, es netamente federal. Sin embargo todo está centralizado.

Cada provincia debería ser un Estado que sólo delega determinadas facultades al poder central, conforme el artículo 121 de la Constitución nacional.

Los gobernadores, que deberían ser jefes de Estados, se han transformado en delegados del poder central al que permanentemente visitan para solicitar fondos para subsistir, pagar sueldos o intentar hacer obras.

No existen regionalismos, tal como lo propicia la primera parte del artículo 124 de la Constitución.

El sistema de recaudación de impuestos, la coparticipación, distribución de ingresos y la realización de grandes obras públicas son decididas y financiadas desde Buenos Aires.

Si el Congreso de la Nación sigue actuando como unitario, respondiendo a los dictados del gobernante de turno, no será posible lograr ninguna transformación.

Los senadores tienen que representar los intereses de las provincias. Los diputados al pueblo que los eligió.

Deberían votar leyes por convicción, no por adhesión.

Una frase resume esta situación que debe concluir: “Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”.

Algo similar sucede con las capitales de provincias respecto de los departamentos, comunas o municipios.

Es imperioso atacar el inmenso gasto público donde se encuentra, evitando solventar pasivos generados en reducidos puntos de la república.

Claro ejemplo son los ferrocarriles que, aunque no los usemos, son subsidiados por todo el país.

O los aportes que hacemos los argentinos usuarios de electricidad a la rica y petrolera Santa Cruz, que cada consumidor puede verificar en su factura (Ley 23.681 del 13/8/89).

Si los hombres y mujeres de las provincias no reaccionamos ante este creciente centralismo, seguiremos perdiendo territorios y empresas, achicando el país y constituyéndonos cada día más dependientes del autoritario poder central.

Despectivamente escuchamos “provincias del interior”, o Ministerio del Interior.

Interior ¿respecto de qué?, ¿del poder central?, ¿de quienes mandan?, ¿de la Capital? Ese ministerio debería tener otro nombre: Gobierno, Relaciones Interprovinciales, o cualquier otro.

Debe iniciarse el cambio federal, no de nombres o lugares, sino de sistema.

Es preciso recuperar el poder autónomo y autárquico de cada Estado provincial como dispone la Constitución nacional.

Ello permitirá reconstruir armónicamente el país.

Caso contrario, cual permanente gatopardismo, “cambiarán algunas cosas para que todo siga igual”.

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