“Vienen del sur” … por Jaime Correas

“DIARIO UNO” de MENDOZA
Domingo, treatment 30 de Agosto de 2009

“VIENEN DEL SUR, hospital PERO NO ENTIENDEN”

Por JAIME CORREAS
Director “DIARIO UNO”

Néstor Kirchner y Celso Jaque fueron experimentos del país y de la provincia.

El resultado no ha sido bueno. K está a punto de hacer estallar todo para salvarse.

Jaime Correas
jcorreas@arlink.net.ar

Los dos hombres vienen del Sur. El que fue presidente, de la Patagonia, de Santa Cruz, y el que es gobernador, de Malargüe. La Argentina y Mendoza hicieron con ellos experimentos, porque nunca un patagónico o un malargüino las habían gobernado.

La Argentina es compleja, difícil, voraz, el fracaso parece estar siempre a la orden del día y el éxito se muestra como una quimera inalcanzable. No hace falta más que recorrer la historia nacional para descubrir a qué se refería el conde de Keyserling cuando dijo aquello de que “la Argentina es el país del futuro, el problema es que lo será siempre”.

Sin embargo, empujada por el desastre del 2001 esta compleja nación decidió por designio de un bonaerense, Eduardo Duhalde, como no podía ser de otro modo, que sus destinos los dirigiera un patagónico. Quiso experimentar.

¿Y si esa era la clave para llegar al éxito al que estábamos condenados y no nos habíamos dado cuenta porque siempre el país había vivido de espaldas al desierto patagónico y su gente?

La situación era tan grave que cualquier experimento fue aceptado y así con apenas el 22% de los votos llegó Néstor Kirchner a la primera magistratura. Con él trajo la forma de ser patagónica, que está marcada por la soledad, la crueldad, la aspereza, la voluntad y, sobre todo, la locura.

La literatura argentina se ha encargado del tema patagónico al menos en dos obras de modo magistral: La tierra del fuego, de Silvia Iparraguirre, y Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson. También ha incursionado por allí, quizás llegando a la cima de la originalidad literaria, el chileno Patricio Manns con su inolvidable El corazón a contraluz, que rememora las peripecias en la Patagonia argentina del aventurero rumano Julio Popper, quien ofreció sus servicios al gobierno argentino para colonizar suelo patagónico a fines del siglo XIX y acreditaba sus “hazañas” incomprensibles, su feroz exterminio de indios, con las orejas de los infortunados.

Todas estas obras sobresalientes de la literatura en nuestra lengua sobre la Patagonia argentina acuden al lugar común de la locura. Tanto las peripecias de los onas y los expedicionarios ingleses que los sojuzgaron, y a los cuales terminaron matando, como Popper y el mundo que lo rodea, están signados por la demencia. La razón es simple: la inmensidad patagónica, con su fiereza, su crueldad y su inabarcable soledad, marca las personalidades y las descentra para permitir a los hombres vivir en esas condiciones tan adversas. Esto está magníficamente contado en todas estas obras aludidas, donde los hechos que suceden son tan desmesurados que sólo se pueden entender a la luz de la locura.

No es un secreto que a Néstor Kirchner, incluso muy cerca de él, le dicen “el Loco”. Quizás para indagar en las razones de sus acciones desmesuradas y contradictorias haya que recurrir a esa caracterización del patagónico, que muchas veces reacciona desmesuradamente para sobrevivir y huir hacia adelante cuando se siente acechado.

La Argentina, quizás ignorante de esta condición, quiso ver en Kirchner un salvador y le dio todo el poder mientras estaba en emergencia. El precio fue hacer la vista gorda a sus extravagancias. Pero cuando el pasajero bienestar económico empezó a mostrar sus grietas, las propias urnas le hablaron a Kirchner, quien nunca advirtió que hubiera debido transformarse, desde que se convirtió en el presidente de todos los argentinos, en alguien capaz de abarcar al conjunto. Ya ha demostrado que no existe ninguna posibilidad de que su locura patagónica, plena de fantasías, de mentiras, de absurdos, de vacíos, mute en la necesaria sensatez del estadista. Su naturaleza se lo impide.

No es porque él se oponga, no imagina siquiera que exista un mundo que no esté signado por la crueldad, la unanimidad y el desconocimiento del otro.

Por eso sus decisiones son extremas y sin retorno. Y, como Popper, ha encontrado un grupo pequeño que lo alaba, lo alienta y le teme. Esos, lo dejarán al final solo.

Ahora, para alentar su imaginaria pelea con el grupo Clarín –su gestión estuvo plagada de imaginaciones desprendidas de la realidad– ha arrastrado al conjunto de la sociedad al desvarío de una ley de medios de difusión que pretende hacer estallar todo, desde la seguridad jurídica hasta la libertad de prensa y de expresión. Para hacerlo recurre a falacias fantasmales y se las cree.

Ayer fue el fútbol y ahora son los medios. En ambos casos tuvo la oportunidad en tiempo y forma de hacer una modificación racional y que fuera buena para el país y ni se le ocurrió hacerla. No le importa, lo alienta sólo su subsistencia, por ella batalla, está inflamado y no puede mirar hacia atrás ni hacia adelante, sólo actúa y da manotazos sin fijarse en las consecuencias. En la Patagonia, para sobrevivir al frío y a la enormidad del paisaje inabarcable, es así.

Sus oponentes no han comprendido esto o no lo saben y por eso le reclaman que vuelva a la cordura. Algo que nunca sucederá. Quizás porque lo ha conocido de cerca, el único que ha comprendido algo es el enviado del oasis, Julio Cobos. El mendocino, que conoce la lógica del acuerdo, imprescindible para ganarle la batalla al desierto, ha tomado otro camino.

Están destinados a encontrarse, porque parecen ser los únicos que no están viendo espejismos, sino que saben lo que está en discusión.

Argentina nunca entenderá a Kirchner y Kirchner nunca entenderá a la Argentina, porque no la conoce, ni quiere hacerlo.

En el pequeño Sur

Cuando el general Rufino Ortega fundó Malargüe, a fines del siglo XIX, sólo lo hizo para que sus posesiones tuvieran una cabecera. Él, que había peleado con Julio A. Roca en la Patagonia, sabía de desiertos y sólo quería en aquellas lejanías una utopía donde canalizar sus locuras propias, que iban de la antropofagia a las leyendas más pintorescas. Cuando Ortega cayó en desgracia, Mendoza terminó con aquella fantasía utópica sureña, que renació recién en 1950. En esas tierras nació el gobernador Celso Jaque.

Mendoza tiene la lógica del oasis y por eso posee una cultura muy particular. Decepcionada de que Cobos se fuera a sembrar fuera del oasis en la vicepresidencia, eligió, también haciendo un experimento, a un malargüino que le prometió bajar la inseguridad, el gran monstruo.

De paso castigó al candidato cobista y le puso fichas a lo nuevo. Eso quizás explique por qué los mendocinos han roto su código de décadas y han vapuleado al gobernador como lo vienen haciendo con Jaque, quien creyó que podía embaucar al habitante del oasis gratis.?Pensó que con pedir disculpas era suficiente.

Nunca ha sucedido que tan pronto los mendocinos mayoritariamente se expresen de un modo tan contundente contra un gobernador. Los anteriores tenían durante toda su gestión un paraguas por el solo hecho de sentarse en el sillón de San Martín. Jaque, con su incomprensión de Mendoza, ha pulverizado esa tradición. No es un problema social o cultural, es más profundo. Es algo metafísico.

Mendoza no se puede gobernar como si fuera un puesto de cabras o una avanzada en el desierto. Este oasis pide fortaleza y templanza, tranquilidad y firmeza. Las instituciones se encargan del resto. Y Jaque no las conoce.

Nunca hay que decir que se es el gobernador y que se va a mandar. Hay que mandar y actuar como marca la tradición. Lo que pasa es que Mendoza no entiende a Jaque y Jaque parece no entender a Mendoza.

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