“Como en la edad media”, Carlos S. la Rosa

Los Andes
“Como en la Edad Media”
Edición Impresa: domingo, cialis 31 de marzo de 2013

Por Carlos Salvador La Rosa – clarosa@losandes.com.ar

El mundo medieval de Francisco 

Comparar al papado de Francisco con los de Juan XXIII o Juan Pablo II es pasar por alto las abismales diferencias entre los tiempos de aquéllos y el de este nuevo Sumo Pontífice. En los años ’60 el tema era modernizar la Iglesia para hacer frente a una sociedad tocada plenamente por ideales reformistas y revolucionarios. En los ’80 debía ofrecerse una respuesta ante la debacle comunista que dejaba la dirección entera del mundo en manos de un capitalismo con propensiones místicas de clausurar la historia e imponer universalmente un modelo único.

Hoy ninguna de ambas cosas es cuestión central, unhealthy ni la reforma o revolución social, viagra ni la restauración capitalista. Lo que sí existe, en cambio, es una Iglesia incapaz de modificar rumbos externos por sus vicios internos y una creciente feudalización, medievalización del poder temporal por la crisis de la política, la decadencia de las ideologías y el renacer de las luchas religiosas y civilizatorias. Incluyendo, también, la confusión entre el poder temporal y el religioso como ocurre con las teocracias islámicas o en los populismos que no casualmente se sienten identificados con el Islam.

Desde esta perspectiva, es mucho más fructífero comparar las intenciones de la Iglesia liderada por Francisco con la reforma gregoriana que comenzó con el Papa León IX en 1049 y culminó con Gregorio VII, quien entre 1073 y 1085 consagró revolucionarias reformas en la Iglesia de su tiempo.

León IX, como hoy Francisco, fue el primero en advertir que la Iglesia no podía seguir con sus vicios internos, de los cuales los principales eran dos: la “simonía”, mediante la cual todo laico poderoso adquiría investiduras eclesiásticas para tapar sus corrupciones “temporales” con esos atributos “espirituales” conseguidos pecuniariamente. Y el “nicolaísmo”, por el cual los clérigos, liberados del control eclesiástico pero aprovechándose de sus investiduras, se entregaban a desenfrenos sexuales.

León IX percibió que si no se eliminaban esos males internos, la Iglesia sucumbiría ante el dominio de los señores feudales, que se iban apoderando de los símbolos espirituales para acrecentar sus poderes locales, mientras los clérigos cedían a los placeres mundanos. Sin embargo ese Papa fracasó porque los males estaban más extendidos en la Iglesia de lo que él supuso al asumir. Pero su prédica la continuaron sus sucesores, quiénes se atuvieron a dos grandes metas: la primera, dar ejemplo personal de austeridad para que los curas regresaran a los valores del cristianismo primitivo. La segunda, fortalecer el poder del papado a fin de impedir que los señores feudales siguieran creando iglesias particulares para dominar también espiritualmente a sus vasallos.

Por supuesto que los emperadores de entonces, a los que les gustaba nombrar ellos a los papas, y los señores feudales, que se sentían como papas en sus mini-territorios, reaccionaron indignados contra la reforma gregoriana, que buscaba devolverle a la Iglesia el poder religioso capturado por reyes y caudillos.

Todo finalizó con un relativo empate en lo que se dio en llamar la teoría de las dos espadas, (una versión aggiornada de dar a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar), por la cual el emperador no se metería en los terrenos espirituales y el Papa no se metería en los terrenales. Lográndose la primera gran reforma europea previa al Renacimiento, cuando feudos, imperios y papados serían sustituidos por naciones en el gobierno de los pueblos. Cuando la razón y la fe eligieron su propio camino, liberado cada uno de las ataduras del otro.

La Iglesia, con sus amplias visiones históricas, muy posiblemente esté caracterizando el nacimiento del siglo XXI como más próximo a aquellos tiempos que al fenecido siglo XX. Un tiempo, el de hoy, sumido en globalizaciones económicas conducidas más por la especulación que por los Estados y dominado por localismos crecientes, que en vez de descentralizar, fraccionan y dividen, con más tendencias aislacionistas que integracionistas.

Quizá tampoco sea casualidad que hayan elegido un Papa latinoamericano y más particularmente argentino, los espacios geográficos donde se libra con mayor intensidad la lucha entre países emergentes que quieren abrirse a las tendencias mundiales y quienes quieren aislarse de ellas.

El continente, además, con mayor proporción de católicos y donde muchos presidentes -usufructuando la fe popular- están construyendo poderes absolutos apoyándose en viejas ideologías a las que transforman en nuevas religiones, con las que pretenden justificar la permanencia indefinida en sus cargos como si fueran papas y/o reyes. En síntesis, todas cuestiones más parecidas a las siglo XI que a las siglo XX. Un nuevo viejo mundo.

El país medieval de Cristina

Desde esta perspectiva histórica, un análisis político de cómo la Argentina actual se está adaptando a los nuevos-viejos tiempos, puede inducirnos a ciertas comparaciones intelectualmente fascinantes:

1) La Argentina posterior a la crisis 2001-2 se caracteriza socialmente por la proliferación de zonas grises, territorios en que el poder de la ley es cada vez más relativo. Inmensas locaciones urbano-marginales donde la pobreza deviene estructural, más allá de los subsidios clientelares. Es que, por encima del control que sobre esas zonas aún ejerce el Estado con punteros y planes sociales, sus culturas se alejan cada vez más de la sociedad organizada, como una tierra de nadie, donde sus habitantes sobreviven divididos entre poderes semilegales e ilegales que disputan su conducción. Como en la Edad Media.

2) En la Argentina de hoy, los que mandan ya sólo de nombre pueden llamarse presidentes o gobernadores en el sentido en que lo prescribe la Constitución. Los presidentes ya no lo son más, por acumular para sí muchos más poderes de los establecidos institucionalmente. Y los gobernadores tampoco lo son más, aunque por la causa contraria: por casi no tener poder, al haberle sido expropiado por el gobierno central.

Por lo tanto, sin presidentes ni gobernadores, lo que hay por arriba son reyes o emperadores que manejan los temas macros, y por abajo (ante la conversión de los gobernadores en virreyes) sólo quedan los intendentes, que en realidad son nuevos señores feudales, que manejan los temas micro. Incluso, el poder central fortalece el de los intendentes pasando por encima de las provincias. Pero no los fortalece para descentralizar democráticamente el poder, sino para acabar con el poco poder que les queda a los gobernadores. Así, el gobierno central contribuye a la fragmentación territorial en vez de a la integración nacional. Como en la Edad Media.

3) Estamos viviendo una construcción política nacional producto del encierro o aislamiento ideológico, que propone volver al país preconstitucional del rosismo, donde las leyes escritas son reemplazadas por decisiones personales y discrecionales de los funcionarios. El horror a la palabra libre y a la ley escrita nos hace volver a épocas cuando la imprenta aún no ejercía su papel de difusión y democratización del saber. Así, en esta lógica aislacionista, la justicia y la prensa autónomas son los dos enemigos centrales del poder político.

Ambas son acusadas de corporativas, pero quien las acusa es la corporación mayor, el Reino, que pretende convertir al Estado es una única corporación poseedora monopólica, a la vez, del poder temporal instituido a partir del relato, y del poder religioso instaurado a través del culto a la personalidad. Un gobierno no republicano, sino plenamente corporativo porque sólo representa a sus fieles (mientras que al resto los considera enemigos de la fe), acusa de corporaciones a las dos más grandes instituciones liberales que limitan al poder y difunden las ideas: la justicia y la prensa. Los dos grandes enemigos de los proyectos absolutistas. Como en la Edad Media.

4) El funcionariado de las burocracias estatales es reemplazado por inquisidores de nuevo tipo. El saber se encierra otra vez en los monasterios. “Carta Abierta”, el núcleo central de intelectuales K, no se abre a la sociedad, sino que dicta cátedra a la sociedad desde el conocimiento esotérico. No acerca los intelectuales al pueblo sino que pretende comandarlo desde sus sectas. En sus cenáculos se predican dogmas.

La lucha intelectual se configura entre réprobos y elegidos. A través de batallas culturales por la hegemonía, se busca controlar las almas, los cuerpos y las mentes de los fieles, evitando que devengan infieles. Ya no hay intelectuales de la razón sino monjes laicos de la fe, porque los absolutos no toleran relativismos. La inquisición quiere detectar en las marcas del cuerpo, las ideas de los infiltrados, los culpables de herejías contra el poder político y religioso, dos poderes fusionados en uno solo. Como en la Edad Media.

5) Se imponen los peajes por todo el país. Por eso no funciona un proyecto nacional, o binacional, como el de la minera Vale. Porque ni la Nación ni las Provincias se interesan más que formalmente por el mismo, mientras dejan en manos de los señores feudales locales su instrumentación concreta, dependiendo todo del diezmo que se negocie para el territorio por donde debe pasar el emprendimiento. Las superestructuras nacionales y provinciales sólo se limitan a autorizar el proyecto, pero es por abajo donde hay que “aceitar” su funcionamiento.

Más que impuestos, lo que se cobran son peajes, derechos de paso por los territorios feudalizados, únicos poderes concretos ante la desaparición de los proyectos provinciales, donde ya no hay gobernadores sino virreyes, y de los proyectos nacionales, donde se reina pero no se gobierna. Como en la Edad Media.

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